En
la línea de los grandes relatos poéticos de base histórica,
que en el ámbito nacional suponen ya un largo recorrido y que también en La Pampa muestran exponentes
notables, vuelve Guillermo Herzel, el poeta
de Guatraché, con Canto Continente, musicalizado por Alberto Acosta.
El trabajo es distribuido por la Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa Ltd. entre los suscriptores de Voces e integra el catálogo de obras de Arisco.
La obra se despliega como un gesto amplio y plural que, desde un contexto propio, localizado -la tierra de uno, el ámbito para la creación-, se proyecta al país y a América, ya que recorre caminos de génesis y profecías, esclavitud, rebelión e independencia, origen y destino de los pueblos americanos, denuncia de un largo exterminio sistemático y se esperanza con la supervivencia de sus esencias culturales más profundas.
Esta
poesía y estos temas nunca están lejos de la música, desde que encuentran su
anclaje más legítimo en el cancionero, en este caso un extendido itinerario que
propone, a través de los versos, la expansión musical de sonidos y ritmos que abarcan
la larga espina dorsal del América y traducen el paisaje, la gesta popular y la
fuerza de su renacimiento con notable adecuación, como si a partir de la palabra
fuera creciendo el espectro y la fuerza expresiva de las canciones que circulan
en ese espacio de irradiación solar y clara dimensión continental.
De
ahí que diferentes ritmos van dando vida y música a los versos, que describen momentos,
situaciones, sentidos, de lo que el poeta llama las razones corales de la vida.
El
poema se estructura en doce partes, con la guía poética de los textos, que
alternan con las canciones y las referencias a las grandes voces, a veces
identificadas en figuras primordiales, a veces anónimas y populares, por las
que América dice su palabra, a través de los tiempos.
Comienza
el texto con una extensa dedicatoria, que luego irá retomándose en los distintos
surcos del poema:
Queremos cantar al hombre y a
la mujer milenarios. A los que derramaron sus sueños y sus luchas en el espacio
de todos los tiempos de este continente (…) que recorrieron los horizontes en
la infinitud de las planicies (…) y poblaron esta tierra para que fuera de
todos. Queremos cantarle al hombre que habitó cada punto cardinal. Al que
cabalgó sobre el mar y sobre el viento. Al que encabezó cada rebelión y al que
supo enrolarse en la justa causa de América (…) al que mezcló su sangre, fundador,
y amó bajo este cielo.
El
foco de la acción se va a concentrar en aquellos que nos dejaron sus mensajes en la alta cordillera de los Andes, en la
profundidad de las pampas, en el sonido de sus cañas, de sus tambores, en sus
primeras palabras, frágiles de olvidos y de hallazgos delirantes. Y
avanzará hacia la crónica, un orden en que sube al México ancestral para
escuchar el grito del volcán, en cuyo fuego estuvieron
todos los mexicas. Y así durante
cinco siglos… Hasta que -finalmente- llegó el día en que los hombres de la Tierra, decidieron ayudarlo.
En
la centralidad temática de la obra, es el modo de comunicar el que asume la
tradición y asegura la continuidad del símbolo:
Hebra con hebra
se reúnen en el huso
las esquilas.
- Complicado proceso –
El telar simboliza la
resistencia.
Reproduce los más antiguos
mensajes de la tierra.
Pero
a continuación se pregunta cómo apurar, ahora, el lenguaje, y la repuesta viene de Purmamarca, la Tierra prestada por los que vendrán: La Tierra toda y el agua y el
cielo para los que vienen, para los que vendrán al lugar de la vida. Las palabras del pueblo navajo se escuchan a
modo de plegaria y preludian la
Historia del cura
español y la mujer wichi y el ideario de los libertadores, que soñaron con el
Cuzco como capital de la patria latinoamericana. De estas líneas surge la
reflexión:
Así
fue estafada nuestra inocencia de niños. Fuimos Colón, en La Pinta, La Niña y La Santa María de la
escuela, Rodrigo de Triana. Así se fue construyendo el pasado. El más lejano y
el reciente. La inmensidad de lo ocurrido sobre este mismo suelo (…) nos
reivindica –por Latinoamérica– hermanos.
Los sucesos poetizados
llevan ahora hacia el Sur, hacia la llamada Conquista del desierto. El cronista
nos pide que imaginemos el sonido del discurso de Carriqueo en 1881, antes de
la llegada de Roca, en el corazón de La Pampa:
Ya me voy con el cristiano
al país de las arboledas,
Tierra amada.
Volveré a ver recobrada,
cerca de Quethré Huitrú
¡Ay, mi casa!
Y
esto inspira ese mandato del poema: resistir en el Sur hasta que llegue el día de recuperar los sueños.
Pero
es la Utopía
la que presta su lenguaje de futuro a los recuerdos del paraíso perdido.
ante el suceso del agua
y la semilla y el sol...
Cuando antes que yo estábamos
nosotros
Y
mientras América postergada recuerda que no suenan en vano los tambores ante la
memoria de cinco siglos de humillación, el continente se une en
El abrazo de la vida
que ahora se repite
en las alturas más
azules de la América
del Sur,
mientras hablan las
palabras de futuro
Y
esa intención de recuperar el futuro parece residir en la superación del
individualismo y las divisiones:
Ser
voz coral, ser nosotros,
vamos
hermano a intentarlo.
La cantata, íntegramente
musicalizada por Alberto Acosta,
hace confluir, en una virtuosa trama, los ritmos del continente, ritmos puros
que nacen en los paisajes y en las tremendas historias que sus pobladores han
sufrido y cantan: desde la canción inicial a la canción final, crecen al
conjuro de los versos y el relato de la
Voz narradora, huayno, cifra y triunfo, milonga y blues,
chamamé, pasillo y joropo, el retumbo pampa, el malambo y el candombe
rioplatense…
Una conjunción de
episodios y culturas, una gran polifonía que evoca aquel primer verso de “La
confinera”, otro poema continental de Edgar Morisoli: América
es muchos rostros… (Dora Battiston)
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