Vino desde el pie


(por Juan Carlos Pumilla)
La primera vez que estuvo en estos pagos fue a través de una cinta de carretel abierto que alguien consiguió en Bolivia y la trajo a escondidas, por si acaso. Ya había dejado de ser Alfredo Iribarne y su estela se extendía como una mancha de aceite por las desmesuras de América, casi antes que por los llanos del “paisito”.
Siempre a cielo y a corazón abierto.
Inefable, único. Mezcla rara de Goyeneche y Atahualpa se presentó de nuevo aquí, donde la arena se dilata, arropado en las memorias del exilio que amigos pródigos cobijaban en el interior de las guitarras. Cartas, fotos y casetes para que estuviéramos con él en los fogones de Villa del Busto, en las fulguraciones del Camaruco, en los hogares de los Sombras, nada más.
Retornó luego en las armonizadas cancillerías de Oscar Perna, Naldo, Caito o de Nahuel.
Más tarde irrumpieron los ochenta y en su solar y el nuestro amanecieron nuevos aires. Albricias de los pueblos que marchan.
Uno de aquellos veranos inaugurales estrechamos sus manos y fuimos bendecidos por un abrazo que aún sigue vivo en las costillas.