Este volumen abre con el hipnótico “Los Hombres
que no hacían acabar a las mujeres”, una
suerte de diálogo interno entre los demonios que habitan en el Ser. Continúa
con “Simulaciones orgásmicas”, “El ángel de la esquina” y “La terrible soledad
del camarada Stalin”, más los prólogos y epílogos que son pequeñas obras en sí
mismas, completando el universo que es esta especie de masturbación literaria.
La portada está ilustrada por una obra
arquitectónica del mismo Di Santo, en forma de faraónica estufa hogar
denominada “El altar de Dionisios” que se encuentra emplazada en el taller del
propio autor.
Dice el escriba, sobre sí mismo: “se asusta cuando
ve el fin de su obra; como plasmado su hedonismo, el Altar de Dionisios, la Cuna de su Primera Bisnieta,
otra y una novela, susto e inquietud por la creatividad sin sentido, fuera del
mercado, fuera de los artistas orgánicos, fuera de ser artista… y…. también el
Monumento al Escritor Desconocido entre la resaca del último naufragio…”, en
uno de los múltiples prólogos que no son otra cosa que un intento de
explicación inexacta y desorientadora.
