(por Juan Carlos Pumilla)
La primera vez que estuvo en estos pagos fue a través de una
cinta de carretel abierto que alguien consiguió en Bolivia y la trajo a
escondidas, por si acaso. Ya había dejado de ser Alfredo Iribarne y su estela
se extendía como una mancha de aceite por las desmesuras de América, casi antes
que por los llanos del “paisito”.
Siempre a cielo y a corazón abierto.
Inefable, único. Mezcla rara de Goyeneche y Atahualpa se
presentó de nuevo aquí, donde la arena se dilata, arropado en las memorias del
exilio que amigos pródigos cobijaban en el interior de las guitarras. Cartas,
fotos y casetes para que estuviéramos con él en los fogones de Villa del Busto,
en las fulguraciones del Camaruco, en los hogares de los Sombras, nada más.
Retornó luego en las armonizadas cancillerías de Oscar
Perna, Naldo, Caito o de Nahuel.
Más tarde irrumpieron los ochenta y en su solar y el nuestro
amanecieron nuevos aires. Albricias de los pueblos que marchan.
Uno de aquellos veranos inaugurales estrechamos sus manos y
fuimos bendecidos por un abrazo que aún sigue vivo en las costillas.
Vino por amigos, por canciones, por historias, en una
celebración de uvas y fraternidades.
Lo atrajo la huella de una milonga baya. Un rastro que se
maceró en una noche de obstinaciones bardinas y la ofrenda de un piche al
rescoldo que quedó trunco.
Parece que fue ayer. Precedido por un cortejo de añoranzas
descendió del escenario del Club Español labrando en cada peldaño un compromiso
por la vuelta.
Alzó vuelo.
Lo vieron por Chile y por Perú, en un tapiz de México, en el
interior de un socavón del cerro Rico. Parecía, y tal vez lo era, como el Che
de Constantini.
Siempre anduvo de Frente.
Cuando la noche se aposentó por estas soledades tocó la
puerta un lunes luminoso deslizándose, desde un encordado celeste, hasta fundar
una proclama: ¡nunca me iré, yo soy de aquí..!
Calzó su saco negro, corrigió un mechón refractario a la
gomina, musitó una oración furtiva a una redoma azul y se internó en la
espesura, como si nada.
Anduvo por el cosmos en un itinerario sin fronteras ni
tiempo.
Señor de lejanías se prorrogó en la noche del recuerdo para
no morir, para vencer, como el Cid, aferrado a una guitarra negra templada en
sol mayor.
Y ahora, después de tanta espera, cumple con su promesa.
Gracias compañeros del sur por propiciar este regreso.
Mayo 11 / 2016